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Rodrigo Llanes Salazar: La adicción al teléfono

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Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

La adicción al teléfono se ha convertido en un tema de creciente preocupación.

¿Cuál es la magnitud de este problema? De acuerdo con la psicoterapeuta Nancy Colier, la mayoría de las personas revisan sus celulares 150 veces al día o cada seis minutos (NYT, 17-1-17). Un informe del Centro de Investigaciones Pew de 2015 registra que el 24 por ciento de los adolescentes están en línea “casi de manera permanente”. Por su parte, la aplicación “Moment” señala que una persona pasa en promedio cuatro horas al día interactuando con su teléfono. Y según un estudio realizado por Michael Winnick, las personas tocamos nuestro teléfono 2,617 veces al día (“Putting a Finger on Our Phone Obsession”, 2016).

No se trata solamente de los cascarrabias que nos quejamos de que los más jóvenes —y algunos no tan jóvenes— se la pasen todo el día con el teléfono en mano y la mirada absorta en la pantalla (yo mismo quisiera usar menos mi teléfono), ni de actitudes de superioridad moral como cuando se critica a una pareja que parece estar más interesada en sus celulares que en la persona que tiene a un lado o al frente.

El malestar por la adicción al teléfono tiene que ver con cambios generacionales —como cuando a las generaciones anteriores les preocupaba que los más jóvenes vieran demasiada televisión—, la forma en que nos relacionamos con la tecnología, pero también con cuestiones de salud física y mental, las relaciones personales y, también, problemas políticos y de seguridad.

Con respecto a la salud, diversos especialistas han advertido que la atención constante a nuestros teléfonos y otras pantallas tiene efectos en el sistema nervioso, el cual se encuentra en un permanente estado de alerta, lo que a su vez se traduce en cansancio y estrés. El prolongado uso del teléfono también se relaciona con el sedentarismo y con una menor actividad física y deportiva. Tener la cabeza agachada continuamente para revisar el teléfono puede ocasionar problemas en la curva cervical de nuestra columna vertebral (C. Crist, “Leaning forward during pone use may cause ‘text neck’”, en “The Spine Journal”, 2017).

El efecto de la adicción al teléfono en las relaciones personales es complejo. La aparición de nuevas tecnologías casi siempre ha provocado inquietudes sobre una posible “deshumanización” de los seres humanos, una amenaza de que nos convirtamos en robots o en “apéndices de las máquinas”, como denunciara Marx a mediados del siglo XIX. Frente a estas preocupaciones hay que recordar que, en un sentido antropológico, los seres humanos no somos seres terminados: no solo nuestra biología sigue evolucionando, lentamente, sino que nuestro componente social y cultural se transforma cada vez más rápido. En estas transformaciones, la tecnología siempre ha jugado un papel primordial.

Pero lo anterior no quiere decir que la adicción al teléfono no esté teniendo consecuencias que no deban preocuparnos. Algunos estudios han documentado que dicha adicción tiene como resultado una menor atención a nuestro entorno inmediato, a los elementos que nos rodean, y que nos está volviendo menos empáticos. La falta de empatía, esto es, la incapacidad de ponerse en el lugar de otra persona, ha sido una de las causas de las peores tragedias de la humanidad. El creciente uso de teléfonos celulares, ya sea para publicar en Facebook o tuitear, también nos ha vuelto más narcisistas, según un estudio de E. T. Panek, Y. Nardis y S. Konrath (“Mirror or Megaphone?: How relationships between narcissism and social networking site use differ on Facebook and Twitter”, “Computers in Human Behavior”, 2013).

La reconocida socióloga Sherry Turkle ha documentado que, ahora, nos cuesta más trabajo la interacción cara a cara e incluso por llamadas telefónicas. Preferimos la comodidad de la distancia del texto. Y, desde luego, el teléfono nos distrae en el trabajo y en la escuela, lo cual nos vuelve menos productivos y menos activos en el proceso de aprendizaje.

Sobre lo político, mucho se ha escrito ya sobre los efectos negativos que la desinformación y las noticias falsas han tenido sobre la democracia y para el ascenso de la ultraderecha y la provocación de episodios violentos. Muchas de esas noticias falsas se tuitean o comparten por WhatsApp en el teléfono.

En cuanto a la seguridad, el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha reportado que el uso del teléfono incide más que el consumo del alcohol en la probabilidad de que los conductores tengan un accidente. Por ello, la cuarta parte de los accidentes de tránsito en ese país se debe al uso del teléfono. Yucatán es uno de los estados con las más bajas tasas de homicidios, pero nuestra principal causa de muerte violenta son los accidentes de tránsito, y ciertamente el uso del teléfono al conducir puede ser en muchos casos un asunto de vida o muerte.

¿Qué hacer para combatir la adicción al teléfono?

Primero: reconocer el problema.

Segundo, podemos procurar prestar más atención a nuestro entorno. Si queremos fortalecer nuestra empatía y reducir nuestro narcisismo, podemos conversar más cara a cara con las personas y, de nuevo, prestarles más atención (sin el teléfono en la mano).

Tercero, hacer que nuestro teléfono sea precisamente eso: un teléfono. Actualmente los teléfonos ya no son teléfonos, o más bien, son mucho más que eso: son las alarmas que nos despiertan por la mañana, el medio que nos da las noticias y con el que pedimos el transporte que nos moverá; son el mapa que nos guía, los medidores de las calorías que quemamos al correr o de los días que pasamos sin fumar; son cámaras fotográficas y de vídeo, pequeñas consolas de videojuegos, nuestras radios portátiles y las pantallas en las que vemos películas y otros vídeos. Son nuestro acceso a las adictivas redes sociales. También con ellos hacemos llamadas telefónicas y enviamos mensajes de texto. Así que, un paso para romper con nuestra adicción al teléfono es volverlo nuevamente solo un teléfono y mantener solo aquellas aplicaciones que consideremos realmente necesarias para nuestra vida laboral y personal.

Por ejemplo, en cuarto lugar, podemos usar temporalmente algunas aplicaciones que nos ayuden a combatir nuestra adicción con el teléfono: ya sea aquellas que miden el tiempo que pasamos con él (como Moment, OFFTIME y Quality Time) o las que bloquean el acceso a otras aplicaciones y páginas de internet (como Freedom).

Entre las opciones tecnológicas para reducir la adicción a nuestros teléfonos también se encuentra el uso de la escala de grises. Esto debido a que la gama de colores brillantes de nuestras pantallas son muy estimulantes y, por lo tanto, muy adictivas. Las empresas que viven de la atención de los consumidores lo saben muy bien. Yo probé la escala de grises en mi teléfono por un tiempo el año pasado y creo que funcionó.

En quinto lugar, podemos dejar de usar por lapsos de tiempo el teléfono: guardarlo en un cajón mientras trabajamos, apartarlo en otra habitación mientras hacemos ciertas actividades (como comer o dormir) o simplemente dejarlo en casa cuando tengamos que salir por un momento.

Lo anterior no es un llamado ludita a abandonar el teléfono por completo y regresar a un paraíso perdido de relaciones cara a cara que probablemente nunca existió. Los teléfonos actuales pueden tener usos maravillosos, ya sea para comunicarnos, registrar y divulgar un agravio o por medio de aplicaciones con fines médicos. Pero sí es importante que analicemos nuestra relación con los teléfonos y desarrollemos un uso más saludable y responsable de nuestros dispositivos, lo que no es otra cosa que desarrollar una relación más saludable y responsable con nuestro entorno más amplio.

Rodrigo.llanes.s@gmail.com

@RodLlanes

Investigador del Cephcis-UNAM

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