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Contra la corrupción

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El síndrome de las placas

Filiberto Pinelo Sansores (*)

El uso del Estado por una minoría rapaz durante decenas de años para enriquecerse es lo que ha llevado al país a la situación crítica en que se encuentra. Al entrar el nuevo gobierno de la nación a hacerse cargo de sus responsabilidades se ha encontrado con una realidad lacerante que, según ha expresado quien lo encabeza, Andrés Manuel López Obrador, superó todas las visiones que se tenían al respecto. A tal grado que donde se toca sobre la piel del engranaje público brota, como chorro de gasolina en un ducto perforado, el maloliente pus. Conforme se va avanzando se van encontrando manifestaciones del modo de operar de quienes gobernaron antes.

El Estado fue usado no sólo para entregar bienes públicos privatizados a unos cuantos; otorgar concesiones a otros pocos y condonar impuestos a algunos más, todos de los estratos más favorecidos, sino para mantener clientelas electorales e instrumentos de simulación política y mantener el régimen caduco que, de ese modo, subsistió varias décadas y aún perdura en muchos estados donde la podadora todavía no llega o llegó a medias. De acuerdo con este “modus operandi” se fue estructurando el Estado cuasi fallido que culminó con Peña Nieto y que no termina de desaparecer porque las fuerzas que lo sostenían aún imperan, como baluartes del conservadurismo, en algunos puntos de la geografía nacional.

Con mucha frecuencia surgen escándalos de corrupción como el que se destapó recientemente con la entrega de placas de taxi del gobierno de Rolando Zapata Bello a miles de personas, de una manera tal que obligadamente se tiene que concluir que fue a cambio de que los beneficiarios aceptaran entrar a formar parte de las maniobras de compra de conciencias para reforzar las estrategias mafioso-electorales del astuto gobernante, y no como graciosa dádiva, la entrega de las ambicionadas placas. De nuevo, cual vieja costumbre, el estado fue usado como mecanismo electorero al servicio de intereses particulares, ajenos a la sociedad.

Como en todo acto de corrupción, en éste también se dio la característica propia del fenómeno: un agente corruptor y un paciente corruptible. Un buen número de miembros del PRD, practicantes de la venalidad, fue atraído a las acarameladas redes tendidas por el titular del ejecutivo. Otra parte de la franquicia fue atraída a otras redes, las del PAN, que la hicieron abdicar de sus viejas, cuanto por lo visto, nada firmes convicciones programáticas que los colocaban en el lado izquierdo del espectro político nacional, muy lejos por cierto de donde hoy se encuentran. La venganza de éstos por la actitud de sus ahora repudiados compañeros que les impidió concretar en Yucatán la alianza completa con el PAN, permitió que quedara al descubierto la vergonzosa compra de los antiguos camaradas.

Y es que suele ocurrir que cuando las comadres se pelean se airean los trapos sucios. Gracias a eso hoy sabemos que una de las facetas de la corrupción que impera en nuestro estado, que es la de las dádivas a cambio del sometimiento político de una persona o un grupo, adquirió expresión concreta en el anterior gobierno con este otorgamiento a políticos arribistas y sus familias para explotar servicios públicos que sólo pueden serlo mediante esos permisos. El hecho es ilustrativo del uso del Estado para otorgar privilegios, pues privilegio es dar una lucrativa concesión a un particular por la simple voluntad de una autoridad, por encima de toda norma.

El de las placas es sólo uno de las abundantes formas del uso ilícito del Estado que practican los políticos de la vieja escuela para mantenerse en el poder. Existen otras muchas. Pero en todos los casos lo que subyace es la falta de escrúpulos de quienes las aplican que consideran que en política todo se vale. Es por eso que el propósito manifestado por el presidente López Obrador de acabar con la corrupción en los cinco años y 10 meses que corresponderán a su periodo, encuentra serios obstáculos para alcanzar su meta pues entra en choque con las tradicionales prácticas políticas de quienes dominan en los otros espacios del poder que difícilmente se reeducarán.

La razón es que está muy arraigada en la conciencia de esta clase de políticos la idea de que a los ciudadanos se les conquista con dádivas, no con ideas. Una muestra de ello es el anuncio que hizo en rueda de prensa, en Mérida, hace unos días la secretaria de Gestión Social del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Mely Romero Celis, al presentar la serie de programas de su partido que según ella serán “la oportunidad para recobrar la confianza” de sus militantes. En ninguno se plantea elevar la conciencia de éstos; la idea que permea en cada uno es la de mantenerlos en el regazo partidista a base de bienes y servicios, es decir, beneficios materiales.

Acompañada de dirigentes locales del mismo anuncio, como si fuera algo novedoso, lo que van a hacer para mantener sujeta la voluntad de aquéllos es brindar talleres de capacitación para que sepan manejar sus finanzas personales, obsequiar becas; entregar a bajo precio láminas, cemento, tinacos, calentadores solares, material para construcción, enseres domésticos y materiales para el campo. “Tenemos un sin fin de programas que queremos impulsar desde el Comité Nacional para beneficiar a los priistas y la población en general… Esto es un esfuerzo, pero también una oportunidad para recobrar la confianza de muchos priistas, de fortalecer nuestros lazos y el trabajo de muchos hombres y mujeres que trabajan en las colonias y los barrios en nombre del Partido Revolucionario Institucional” (D. de Y., 02-02-19).

O sea, en lugar de formación política, ideológica, ética, de darles elementos para la lucha por objetivos programáticos y sociales, gestiones de coyotaje, ofrecimientos de bienes y servicios que corresponderían brindar a una agencia de gobierno y no a un partido político. El PRI no cambia, genio y figura hasta la sepultura. Esta forma de operar en política, está muy arraigada no sólo en el PRI y en otros partidos, sino en la parte de la población que las acepta. Combatirla es luchar contra la corrupción.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

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