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Yucatán

Primavera de cambios

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La Estación

Pedro Cabrera Quijano (*)

Las primeras imágenes que llegan a mi mente con la palabra primavera son el brote de las flores, el verdor del campo, un nuevo ciclo de producción agrícola, la serpiente emplumada bajando en “El Castillo” de Chichén Itzá. Es tiempo de preparar el terreno para sembrar y en cada semilla depositar una esperanza.

Tanto en la vida como en el campo me resulta que de unos 20 intentos dos cuajan, en promedio; si lo intento sólo dos veces, es altamente probable que obtenga un resultado nulo.

Así es la vida. A intentar por donde se pueda y como se pueda. Renovarse o morir es más que una simple enseñanza: es la filosofía de nuestra sobrevivencia en la Tierra. Y la primavera es renovación.

La primavera no es del todo romántica. Con el cambio climático y la creciente urbanización del campo, la estación nos responde con peligros a los yucatecos. El estiaje, los incendios, los cambios bruscos de viento, temperaturas extremas, los golpes de calor. No son tiempos de encender infiernitos en el campo; cualquier cambio súbito termina en lenguas de fuego que amenazan cultivos, el patrimonio y hasta la vida.

Por otra parte, este fin de semana largo, con los hijos despertándonos el lunes a primera hora, es el momento propicio para reflexionar que la primavera está acompañada de la Cuaresma, un tiempo con un significado especial; cada detalle que se vive en estos días tiene una razón de ser.

Son tiempos de penitencia y de renovación, de austeridad: de sentir, al menos por unas horas, cómo viven muchas familias yucatecas en pobreza extrema. En las horas de austeridad humana sintamos en carne propia las necesidades básicas que miles de familias yucatecas tienen todos los días y estaciones del año.

La primavera es tiempo de luz, pues con ella los días duran tres minutos más. Nos recuerda que debemos adaptarnos al aprovechamiento de nuevas fuentes energéticas más limpias, como la solar, a prepararnos a las oportunidades, perder el tiempo nadando de muertito es un lujo del pasado.

El tiempo pasa. Ya se cumplieron los 100 días de los tres niveles de gobierno, el municipal, el estatal y el federal, en ese orden. Espero no pasen otros 100 sin que juntos, sociedad y gobierno demos el gran empujón para que arranquen los motores de este vehículo llamado México, Yucatán o el nombre del municipio, comisaría o ranchería más lejana. Ajustemos nuestros relojes: es hora de trabajar unidos.

Tampoco desperdiciar más tiempo y esfuerzo en culpas y lamentos. A veces temo parecerme a esos abuelos que repiten una y otra vez lo mismo, pero no me canso de recordar que el año 2018 fue un año de precampañas, campañas, elección, tomas de protesta, gabinetazos, promesas.

No podemos seguir viviendo más festejos en los próximos 100 días, mientras las llaves de la inversión siguen cerradas, dejando caer de vez en cuando una que otra gotita en el desierto nacional y local.

En un abrir y cerrar de ojos pasó volando la Navidad, terminó el Carnaval y muchos, sumidos en esa inercia, ya planean dónde y cómo disfrutar sus vacaciones de primavera. Pero ojo: todo apoyo asistencial, toda pachanga o vacaciones “todo incluido” tiene un costo. No hay una llave mágica que riegue un chorro de dinero que viene de la nada. Yucatán demanda que todos al mismo ritmo, en un mismo sentido aumentemos nuestra productividad.

Dejemos los saltos de un anuncio tras otro que quedan en buenos deseos; dejemos un rato los escándalos públicos por redes sociales, los dimes y diretes, las juntas y más juntas privadas, los nombramientos, las renuncias. La sociedad merece dependencias públicas con movilidad, una parálisis gubernamental incide en el crecimiento de los problemas de salud, alimentación, educación pública.

Tengo fe y esperanza; confío en que vendrán tiempos mejores. Casi siempre acaparan nuestra atención las noticias malas, los análisis políticos contra equis o ye funcionario, pero también hay noticias buenas, que colorean con la primavera el corazón. Despierta la esperanza el leer, por ejemplo, que las cuatro hermanas María, quienes desde Valladolid nos prodigaron una de las mil y una historias que forman parte de la pobreza extrema de Yucatán, hoy tienen una oportunidad para salir a flote.

Ante su desesperación económica, la madre abandonó a cuatro de sus cinco hijas María (todas menores con el mismo nombre inicial). La ley no permite que las hermanas sean adoptadas por separado, de modo que una familia se sacará la lotería con la llegada de cuatro angelitos de un solo golpe. La primavera llegará pronto a un hogar.— Mérida, Yucatán.

pedrocabreraq@hotmail.com

Empresario

Renovarse o morir es más que una simple enseñanza: es la filosofía de nuestra sobrevivencia en la Tierra. Y la primavera es renovación

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