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Internacional

El surgimiento del Estado de vigilancia 12 mayo, 2019, 3:00 am

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Cuento chino

Antonio Salgado Borge (*)

La vida en China se ha transformado radicalmente durante la presidencia de Xi Jinping. Uno de los cambios más notables es la construcción de un sistema de vigilancia que tiene como objetivo monitorear y controlar a sus ciudadanos. Y es que el gobierno de Xi ha invertido cifras estratosféricas en el desarrollo e instalación de los artefactos y programas que constituyen lo que el periódico “The New York Times” califica como el “Estado de vigilancia chino”. Este artículo estará dedicado a contar lo que ocurre en China en este sentido, y a anticipar las implicaciones que de ello se derivan.

En más de un sentido, el “Estado de vigilancia chino” parece salido de un cuento distópico. En la primera parte de su reportaje para el NYT, Paul Mozur da cuenta de la velocidad con que la presencia de cámaras de videovigilancia se ha multiplicado en las calles de las principales ciudades chinas (06/05/2019). En un inicio, la instalación masiva de cámaras fue justificada con el pretexto de la seguridad que requerían los juegos olímpicos de Beijing. Pero una vez concluido el evento, la instalación continuó su marcha. Así, gradualmente los espacios públicos se fueron poblando de estos aparatos. Actualmente, las cámaras pueden ser encontradas no sólo en postes, sino en lugares inesperados como árboles, anuncios o incluso ocultas en pequeños agujeros en las paredes de los vagones del metro. En algunos lugares, caminar algunas cuadras es suficiente para toparse con decenas y hasta cientos de dispositivos que registran y transmiten todo lo que pasa.

La instalación masiva de cámaras ha sido acompañada por el desarrollo de un software o sistema secreto de reconocimiento facial. Esto es, el gobierno chino no sólo registra lo que ocurre, sino que es capaz de identificar en vivo las caras de las personas que son grabadas y de asociarlas con los registros en su base de datos. Si bien no se conocen a ciencia cierta los detalles técnicos de la operación de este mecanismo, para entender el alcance de su precisión basta considerar que actualmente un par de cientos de dólares son suficientes para que cualquier persona pueda grabar y reconocer caras. El punto aquí es que si esto es posible para un individuo amateur y sin recursos extraordinarios, entonces lo que el gobierno chino tiene en sus manos probablemente rebasa cualquier escenario concebible para buena parte del público.

Pero el sistema de cámaras y la tecnología de reconocimiento facial van de la mano con un desarrollo chino sin precedente: la creación de un sistema de “crédito social” que consiste, a grandes rasgos, en asignar a cada persona puntos según su desempeño en áreas evaluadas por el gobierno chino. Imaginemos por un momento a una persona que es cumplida en su pago de impuestos o de créditos. Bajo el sistema de crédito social el gobierno asigna puntos a su perfil que indican que ese individuo puede acceder a créditos o hasta descuentos en establecimientos comerciales, o que puede recibir trato preferente por parte del gobierno. Lo contrario, claro está, ocurriría con una persona incumplida en el pago de sus obligaciones.

La situación cobra otra dimensión cuando se considera que el gobierno chino podría quitar créditos, por ejemplo, a individuos que le critiquen, a académicos que investiguen sobre democracia o, en un extremo, a personas que no cumplan cierto tipo de perfil social, étnico o económico. Además, el sistema de “crédito social”, en combinación con el sistema de vigilancia y reconocimiento de rostros implica que el gobierno no sólo puede ver y reconocer a las personas, sino que puede asignarles un “valor” instantáneamente y detenerlas arbitrariamente en función del mismo. Un ensayo de las detenciones arbitrarias se produce actualmente en el metro, donde, sin deberla ni temerla, personas son revisadas por la policía probablemente con la simple intención de intimidar y mostrar el músculo del gobierno al público. Una ciudadanía asustada, es una ciudadanía controlada.

Alguien podría decir, en defensa del gobierno chino, que lo único que se busca con estas tecnologías es garantizar la seguridad de la mayor cantidad de personas posible. Esta justificación no es nueva. La “ley patriota” contra el terror en Estados Unidos o la guerra contra las drogas en México han sido utilizadas, descaradamente, para justificar atropellos a las libertades y los derechos de millones de personas. Pero en el caso del gobierno chino hay evidencias adicionales que permiten anticipar un proyecto de mayor alcance por al menos dos motivos.

(1) El primero de estos motivos es el ensayo, documentado con contundencia por el NYT, del uso de este sistema para controlar a los Uighurs, una minoría étnica principalmente musulmana. Algunas comunidades en la provincia Xinjiang Uyghur están cerca del desierto, viven en condiciones de aislamiento y tienen casas fabricadas principalmente de barro.

En estas comunidades, donde el tiempo parece haberse detenido, el gobierno chino instaló su sistema completo. Así, es posible ver modernas cámaras y cables saliendo de edificios de barro. Además, las comunidades de los Uighurs tienen múltiples puestos de policía, retenes y controles. En Xinjiang Uyghur, todo vale.

Controlar a los Uighurs es una meta a corto plazo para el gobierno chino. La idea es borrarlos del mapa o reemplazarlos por ciudadanos que no sean no pertenecientes a esta etnia o musulmanes. Esta idea no es nueva. China incluso cuenta con centros de detención y adoctrinamiento donde los musulmanes son encerrados y forzados a trabajar o a memorizar la doctrina del partido comunista chino para poder ser liberados. Lo novedoso es que en el marco del “Estado de vigilancia” es posible identificar o seleccionar personas con base en su apariencia, tipo de sangre, su trabajo o incluso su relación con otras personas, como amigos o familiares. El “Estado de vigilancia chino” ensaya sin pudor ni rubor sus nuevas ideas o herramientas esta provincia, antes de llevarla a sus ciudades.(2) El segundo motivo que permite anticipar el alcance del proyecto chino es su visión de exportación. Por ejemplo, en algunos lugares de África y en países latinoamericanos —como Ecuador— las mismas cámaras que se ven en China, y probablemente todo lo que las acompaña, han comenzado a ser instaladas. El gobierno chino parece listo para vender su tecnología a todo aquel que busque comprarla. Prueba de ello son los recorridos o visitas guiadas por su centro de control que China ha patrocinado a enviados de algunos gobiernos extranjeros, Desde luego, es fácil ver que los primeros en buscar herramientas de esta naturaleza son los gobiernos autoritarios o represores; aquellos lugares donde no hay el capital social positivo suficiente para reclamar y detener la expansión de este fenómeno.

Los motivos por los que China busca exportar su “Estado de vigilancia” no son del todo claros. Una posibilidad es que se trate de un proyecto principalmente comercial; es decir que la idea central sea obtener dinero a partir de la tecnología desarrollada. Otra posibilidad es que este sea un paso más en la intención china de expandir su esfera de influencia y de control sobre otras naciones. Estas posibilidades, claro está, no son excluyentes. En cualquier caso, el “Estado de vigilancia” chino se multiplica en un sentido doble: hacia adentro y hacia afuera de China. Por el momento, no parece haber gran resistencia o alarma explícita en la comunidad internacional.

Uno de los gobiernos más autoritarios del mundo ha venido ensayando tecnologías evidentemente diseñadas para incrementar el control que ejerce sobre sus ciudadanas y ciudadanos; un “Estado de vigilancia” omnisciente y omnipotente. Considerando el potencial de estos sistemas, es fácil ver que el alcance del fenómeno que hemos revisado es tan distópico como aterrador. Para ser claro, estamos ante una poderosa herramienta que se muestra ya como un arma política y que se ensaya sobre minorías o grupos no deseados para el gobierno de Xi Jinping. Este es el actual y trágico cuento chino. Y muy pronto este cuento será también una realidad para individuos en otras partes del mundo.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

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