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Internacional

Noam Chomsky, comenzando una nueva etapa en el desierto

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El intelectual Noam Chomsky se fue al desierto. Abandonó su despacho, incluso sus libros, del Massachusetts Institute of Tech­nology (MIT, donde enseñó durante 60 años) y se fue allá donde nunca nieva. Se unió, durante el pasado otoño boreal, al Departamento de Lingüística de la Universidad de Arizona. Allí, con casi 90 años, ha empezado una nueva etapa de su vida, podría decirse. Respira aire árido; una luz seca y clara lo ilumina; tiene un despacho austero y pocos árboles alrededor: fresnos, sauces, palmeras y algunos nogales, dicen.

Esa vida, casi aislada en el desierto de Sonora, es la que lleva por estos días Noam Chomsky, el lingüista más importante (de los todavía vivos), y uno de los intelectuales críticos más citados del mundo. El próximo viernes cumplirá, dijimos, 90 años. Es casi un siglo: suficiente tiempo para haber vivido y militado en algunas de las luchas cruciales del siglo XX y XXI.

 Lingüística generativa

La web de la Universidad de Arizona, que logró sacarlo del MIT (donde desarrolló sus emblemáticos estudios en lingüística generativa) lo describe, orgullosa, así: “El doctor Noam Chomsky, profesor emérito del MIT, ha introducido en nuestro mundo ideas que han excitado emocionado, incitado y desafiado a millones de nosotros. Su innovador trabajo en lingüística y sus intrépidos compromisos con la política, la cultura, la historia y la filosofía han impactado profundamente en generaciones de estudiantes, académicos, activistas comunitarios y miembros del público, a través de (y dentro) de las divisiones políticas e ideológicas”.

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Chomsky las ha vivido todas. O casi. Cuando Estados Unidos se desgarraba internamente entre quienes estaban a favor y en contra de la Guerra de Vietnam, él fue detenido por oponerse. Su nombre estaba en la lista negra de Richard Nixon y denunció la guerra sucia de Ronald Reagan. Denunció el neoliberalismo cuando apareció, y mantuvo candentes debates, como la memorable batalla retórica y televisiva con Michel Foucault, en 1971.

Pero los pensadores no suelen perder filo con los años: al contrario. Y él no es una excepción. Lo desliza con eficacia de escalpelo, pronunciándose hoy en contra de cuestiones como el cambio climático, la defensa de los derechos de los inmigrantes, de los movimientos de indignados, y en contra de personajes como Trump o Bolsonaro.

Hace pocos días dijo, sobre la reciente reunión del presidente electo de Brasil y John Bolton (el asesor de Seguridad Nacional de Trump): “Bolsonaro es definitivamente su clase de sujeto. Él es vicioso, brutal, un fuerte y entusiasta partidario de la tortura”.

Neoliberalismo

Sintetizaba así, implacablemente, el mundo de hoy (según una entrevista publicada por El País de España, en marzo): “Hace ya 40 años que el neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, asaltó el mundo. Y eso ha tenido un efecto. La concentración aguda de riqueza en manos privadas ha venido acompañada de una pérdida del poder de la población general. La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. Hay quien le llama populismo, pero en realidad es descrédito de las instituciones”.

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Continuó: “El neoliberalismo existe, pero solo para los pobres. El mercado libre es para ellos, no para nosotros. Esa es la historia del capitalismo. Las grandes corporaciones han emprendido la lucha de clases, son auténticos marxistas, pero con los valores invertidos. Los principios del libre mercado son estupendos para aplicárselos a los pobres, pero a los muy ricos se los protege. Las grandes industrias energéticas reciben subvenciones de cientos de millones de dólares, la economía high-tech se beneficia de las investigaciones públicas de décadas anteriores, las entidades financieras logran ayudas masivas tras hundirse… Todos ellos viven con un seguro: se les considera demasiado grandes para caer y se los rescata si tienen problemas. Al final, los impuestos sirven para subvencionar a estas entidades y con ellas a los ricos y poderosos. Pero además se le dice a la población que el Estado es el problema y se reduce su campo de acción. ¿Y qué ocurre? Su espacio es ocupado por el poder privado y la tiranía de las grandes entidades resulta cada vez mayor”.

Pero Chomsky, con nueve décadas, es un intelectual esperanzado. El clima desértico es un hábitat que lo ayuda a distanciarse. Y distanciarse, sabemos, es ver la totalidad mejor.

Sus libros principales

  • “La quinta libertad” (Barcelona, Crítica, 1988)
  • “Los guardianes de la libertad” (Barcelona, Crítica, 1990).
  • “La naturaleza humana: justicia versus poder, debate con Michel Foucault” (Buenos Aires, Katz Barpal Editores, 2006)
  • “Réquiem por el sueño americano” (Madrid, Editorial Sexto Piso, 2017)

Fuente: Los Andes

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